Subida al Piquete desde la calle Mayor
Óleo sobre lienzo. Escaleras para subir a la Corona desde la calle Mayor.
Valladolid, 1864 · Quinto, 1917
Pintora y maestra. Una mujer que consiguió abrirse camino en la formación artística, los concursos y las exposiciones de finales del siglo XIX, y cuya vida y obra quedaron estrechamente vinculadas a Quinto.
Marcelina Poncela Ontoria nació en Valladolid el 2 de junio de 1864. Procedía de una familia modesta y quedó huérfana de madre siendo niña. Su padre, Ángel Poncela Bernal, procuró que recibiera una formación que le permitiera desenvolverse profesionalmente, y Marcelina mostró muy pronto una especial aptitud para el dibujo.
Cursó estudios de Magisterio y obtuvo los títulos que la capacitaban para ejercer la enseñanza. Al mismo tiempo se matriculó en la Escuela de la Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción de Valladolid, donde destacó de forma continuada en las asignaturas de dibujo y obtuvo premios y calificaciones sobresalientes.
Su talento le permitió dar un paso excepcional para una mujer de su tiempo: recibió una ayuda oficial de la Diputación de Valladolid para perfeccionar sus estudios de Bellas Artes en Madrid. Allí continuó su formación en la Escuela Especial de Pintura, Escultura y Grabado e ingresó en los ambientes artísticos de la capital.
Marcelina desarrolló su carrera en una época en la que el acceso de las mujeres a la enseñanza artística superior y al ejercicio profesional de la pintura seguía siendo excepcional.
Mientras estudiaba para maestra, Marcelina comenzó su formación artística en la Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción. Sus expedientes muestran una progresión constante: notable, sobresaliente y premios en materias como extremos, cabezas y figuras.
La Diputación Provincial de Valladolid le concedió una pensión anual de 450 pesetas para perfeccionar sus estudios de Bellas Artes en Madrid. La investigación de María Dolores Cid Pérez subraya el carácter pionero de esta ayuda para una mujer vallisoletana que aspiraba a integrarse profesionalmente en el mundo artístico.
En la capital amplió su formación en la Escuela Especial de Pintura, Escultura y Grabado. Participó también en concursos de la Academia vallisoletana y se integró en espacios como el Círculo de Bellas Artes, donde expuso paisajes, estudios, dibujos, pasteles y óleos.
A lo largo de su carrera concurrió a exposiciones provinciales, regionales y nacionales. En los concursos de Valladolid obtuvo premios de segunda y primera clase, y mantuvo una presencia continuada en certámenes y exposiciones de Madrid.
En un concurso de La Revista Moderna obtuvo una mención honorífica por su cuadro Castilla y Aragón. Un año después seleccionó obras para la Exposición de Pintura y Escultura Española organizada en San Petersburgo.
Marcelina continuó trabajando después de casarse. Compaginó la docencia y las responsabilidades familiares con la pintura y la participación en exposiciones, aunque el tiempo dedicado al hogar y a sus hijos redujo inevitablemente su producción artística.
Obtuvo los títulos de Magisterio elemental y superior antes de consolidar su trayectoria artística.
La Diputación de Valladolid financió su perfeccionamiento artístico en Madrid con 450 pesetas anuales.
Participó en numerosos concursos y exposiciones desde la década de 1880 hasta comienzos del siglo XX.
Cultivó paisaje, retrato, flores, bodegón, escenas costumbristas y estudios del natural.
El matrimonio formado por Marcelina Poncela y Enrique Jardiel Agustín reunió dos trayectorias vinculadas a la cultura y a la vida pública, manteniendo durante toda su vida una estrecha relación familiar con Quinto.
Marcelina Poncela contrajo matrimonio con Enrique Jardiel Agustín, nacido en Quinto el 30 de enero de 1868. Formaron un matrimonio en el que confluyeron dos trayectorias muy diferentes pero estrechamente relacionadas con la cultura y la vida pública: ella, pintora y maestra; él, delineante de Obras Públicas, periodista, funcionario y, durante varios años, militante socialista.
El matrimonio tuvo tres hijos que llegaron a la edad adulta: María Rosario, Angelina y Enrique Jardiel Poncela. La relación de la familia con Quinto fue especialmente estrecha: María Rosario nació en el pueblo en 1895 y la familia regresaba habitualmente durante los meses de verano.
Estas estancias permitieron mantener los vínculos con la familia paterna y con las propiedades que Enrique conservaba en su localidad natal, pero también tuvieron una importancia especial en la actividad artística de Marcelina, que aprovechaba la tranquilidad de Quinto para pintar paisajes, rincones y escenas de la vida cotidiana.
Enrique Jardiel Agustín desarrolló una trayectoria profesional y política propia. Trabajó como delineante de Obras Públicas y periodista, colaborando en El Globo entre 1901 y 1903, La Correspondencia de España entre 1903 y 1922 y posteriormente en La Opinión. También estuvo vinculado profesionalmente al Ministerio de Obras Públicas.
En 1903 ingresó en la Agrupación Socialista de Madrid y durante los años siguientes participó activamente en el movimiento socialista y obrero. En 1905 asistió al VIII Congreso de la UGT como delegado de los obreros de fondas marítimas de Cádiz y, en 1908, representó a la Agrupación Socialista de Cádiz en el VIII Congreso del Partido Socialista Obrero Español.
Su actividad política estuvo también vinculada a la Casa del Pueblo de Madrid, donde fue tesorero de la Mutualidad Obrera desde su fundación en 1904 hasta 1910. Ese año fue expulsado de la Agrupación Socialista de Madrid después de que una revisión contable detectara un descubierto en la caja de la Mutualidad. Jardiel Agustín respondió de la cantidad adeudada con bienes de su propiedad.
Este episodio proporciona además un dato significativo sobre su relación con Quinto: la documentación de la Fundación Pablo Iglesias señala que, además de ser propietario de una farmacia en Madrid, poseía fincas en su pueblo natal, algunas de las cuales sirvieron para responder de aquel descubierto. Su vinculación patrimonial con Quinto, por tanto, se mantuvo después de establecer su residencia profesional y familiar fuera del municipio.
Continuó posteriormente su actividad profesional en la prensa y en la Administración. Se jubiló en 1933, residió en Sevilla durante la Guerra Civil y regresó a Madrid al finalizar ésta. Falleció en Madrid el 22 de abril de 1944.
La sensibilidad artística de Marcelina formó parte de la educación de sus hijos. Esa influencia resulta especialmente visible en Enrique Jardiel Poncela, que llegaría a convertirse en uno de los escritores y dramaturgos españoles más destacados del siglo XX.
En sus recuerdos autobiográficos, Jardiel Poncela evocó a su madre como una mujer inteligente, sensible y exigente consigo misma, capaz de compaginar sus responsabilidades familiares con la pintura. Desde niño la acompañaba a museos y exposiciones, entrando así en contacto con el mundo del arte y desarrollando una sensibilidad que posteriormente trasladaría a su propia actividad creadora.
Quinto formó también parte de esos recuerdos familiares. Los periodos estivales pasados en el pueblo, la familia paterna, los paisajes que pintaba Marcelina y, después de 1917, la presencia de su tumba en el cementerio fueron construyendo una relación emocional que Enrique Jardiel Poncela mantuvo durante su vida.
La familia Jardiel Poncela constituye así un interesante punto de encuentro entre Quinto, Valladolid y Madrid: tres lugares fundamentales para comprender la trayectoria artística de Marcelina, la actividad profesional y política de Enrique Jardiel Agustín y, posteriormente, la obra literaria de su hijo.
El vínculo con Quinto fue familiar, cotidiano y artístico. No fue un lugar ocasional en su biografía, sino un espacio al que la familia regresaba regularmente.
El origen de esta relación fue Enrique Jardiel Agustín y su familia paterna. Un testimonio posterior de Enrique Jardiel Poncela recuerda que la familia acostumbraba a pasar en Quinto uno o dos meses cada año.
Mientras los demás dedicaban parte de aquellas vacaciones a la caza o a montar a caballo, Marcelina aprovechaba la tranquilidad del pueblo para trabajar. Su hijo recordaba que dedicaba jornadas enteras a pintar.
El testimonio de Enrique Jardiel Poncela permite entender Quinto como un verdadero espacio de trabajo para Marcelina: los periodos estivales le ofrecían tiempo y motivos para pintar paisajes, rincones y escenas de la vida del pueblo.
En 1916, durante una estancia en Quinto, Marcelina sufrió una oclusión intestinal y fue operada en Zaragoza. La enfermedad volvió a manifestarse al año siguiente.
En el verano de 1917, ya gravemente enferma, la familia decidió trasladarla nuevamente a Quinto pensando que el aire del campo podía beneficiarla. Viajaron en tren hasta Zaragoza y desde allí continuaron hasta el pueblo. Marcelina falleció en Quinto el 31 de julio de 1917.
Fue enterrada en el cementerio municipal. La relación entre la familia y esa sepultura continuó después de su muerte: Enrique Jardiel Poncela recordó que visitaba la tumba de su madre cuando atravesaba momentos de dificultad creativa y buscaba allí serenidad e inspiración.
De este modo, Quinto permaneció unido a Marcelina no solo durante su vida, sino también en la memoria de sus hijos y descendientes.
El trabajo de María Dolores Cid Pérez muestra una producción mucho más amplia de lo que durante décadas se había supuesto. Una parte importante de las obras ha sobrevivido gracias a sus descendientes. Pulsa en la imágen para ampliarla.
Su producción abarcó paisajes, retratos, bodegones, flores, escenas costumbristas y estudios del natural. Utilizó óleo, acuarela, pastel, dibujo a lápiz y carbón, y trabajó también sobre soportes distintos del lienzo, como abanicos.
En las Exposiciones Nacionales presentó obras de paisaje, bodegón y figura, mientras que buena parte de la producción conservada por la familia permite conocer una vertiente más íntima de su pintura.
Entre las piezas recogidas por Cid Pérez aparecen obras como Los Pinos (1898), Después de la veda (1899), Poesía y Realidad (1901) y Mis muñecas (1904), además de numerosos paisajes, estudios, retratos y bodegones.
La incorporación a esta página de las pinturas conservadas por la familia permitirá relacionar el catálogo académico con los paisajes y escenas de Quinto que todavía pueden reconocerse.
Durante buena parte del siglo XX la figura de Marcelina Poncela quedó eclipsada por la celebridad literaria de su hijo Enrique Jardiel Poncela. Sin embargo, su trayectoria fue relevante por sí misma: obtuvo una sólida formación académica, consiguió ayudas públicas para estudiar, participó en los principales circuitos expositivos de su época y mantuvo una actividad profesional en un entorno especialmente difícil para las mujeres.
El estudio de María Dolores Cid Pérez constituye una aportación fundamental para reconstruir esa trayectoria. Su investigación utiliza archivos municipales, universitarios, académicos y hemerográficos, además de documentación y obras conservadas por los descendientes de la familia Jardiel Poncela.
Para Quinto, esta recuperación tiene además una dimensión propia. Marcelina no solo estuvo vinculada al municipio por su marido y por sus estancias familiares: pintó durante aquellos veranos, murió aquí y aquí permanece enterrada. Las fotografías familiares y los cuadros de Quinto permiten hoy reconstruir una relación que forma parte tanto de la historia del pueblo como de la biografía artística de la pintora.